Friday, September 9, 2011

Luchas de allá hasta acá y de acá hasta allá: reflexión sobre la solidaridad en las luchas de un pueblo dividido


Luchas de allá hasta acá y de acá hasta allá: reflexión sobre la solidaridad en las luchas de un pueblo dividido

Por Carlos Rafael Alicea Negrón
NIKEHURA
Se ha desatado en Puerto Rico una lucha organizada contra la propuesta del gasoducto.   Este tubo pretende transportar gas natural para producir energía eléctrica desde la costa sur de la isla  hasta San Juan.  Las razones oficiales para proponer la construcción del tubo son la necesidad de comenzar a abandonar la dependencia del petróleo y que el uso de gas abaratará los costos de electricidad al este poder ser comprado a un precio más bajo que el combustible que utiliza hoy la Autoridad de Energía Eléctrica.   La verdad es, sin embargo, que este tubo  es una amenaza contra la seguridad de todas las comunidades donde se quiere enterrar el tubo por la posibilidad de accidentes y explosiones y también afectará una extensa cantidad de ecosistemas naturales, bosque secos, bosques lluviosos, zona del karso, terrenos anegados, que estarán amenazados y arruinadas por la construcción.   La colocación del tubo impactará a muchas especies de plantas y animales a lo largo de la ruta trazada representando una potencial pérdida de la diversidad biológica y ecológica de Puerto Rico .   
Encima de esto y hay que decirlo sin dorar la píldora, este es  un proyecto para legalizar el robo de fondos públicos por medio de contratos a los allegados compinches de la administración de Luis  Fortuño.  Hay que señalar que los dos  partidos coloniales tienen la son responsables de este gasoducto, pues  la administración del Partido Popular Democrático propuso el gasoducto del Sur que fue derrotado por la comunidad.   La hipocresía es tal que el PNP que se opuso al gasoducto del Sur ahora propone el embeleco pero más extenso y peligroso.  Ambos partidos ciertamente son propulsores de políticas económicas que le rinden pleitesías a la construcción desmedida, a la dependencia energética y a regar las prebendas a sus cipayos y correligionarios.
En apoyo a la lucha en contra del gasoducto en Puerto Rico nace un grupo en apoyo Nueva York, llamada “New York contra el gasoducto”.  Este grupo  apoya en solidaridad con las comunidades que luchan contra este embeleco desperdiciador de dineros de la actual administración estadista en la colonia boricua.   En su página de “facebook”  hice un comentario bajo un video donde Carmen Arroyo expresaba su oposición contra el gasoducto.   En mi comentario señalaba la contradicción clara en la postura de la opinión expresada en pro del ambiente sobre el gasoducto de la señora Arroyo (opinión y oposición que apoyo)  con la postura de esa misma funcionaria en contra la protección del ambiente y las comunidades en Nueva York.   Carmen Arroyo, como muchos políticos  boricuas,  no movió un dedo para oponerse a la construcción del nuevo estadio de los Yankees, por ejemplo.   Es más,  fueron promotores en nombre del “desarrollo” económico del Bronx.  Aquí no contó que la construcción de este estadio destruyó un extenso parque de la comunidad.  Un parque que antes servía de un oasis “natural” en una mole de concreto, un parque comunitario que proveía respiro y calma y un lugar de esparcimiento sano para la comunidad, fue sacrificado en el altar de los billonarios dueños de los Yankees y de sus consultores y contratistas.  Este estadio, junto a la construcción del cercano centro comercial,  creó condiciones de mayor contaminación de aire, más tráfico y abonó a los procesos de desplazamiento urbano que perjudica principalmente a la clase trabajadora en general y a la boricua en particular.   En su gran mayoría e históricamente la clase política  boricua a la que se le ha permitido asumir los reinos del poder político electoral,  ha asumido la retórica e ideología consumista pro-corporativa y son cómplices en acción u omisión de la “gentrificación.”   Por otro lado,  aquellos políticos que han podido alcanzar puestos con ideas progresistas  han sido coaptados al ser neutralizados cuando están dentro de la maquinaria electoral.  Esta clase política es y ha sido  cómplice  de la continua guerra de clases desatada desde siempre contra la comunidad puertorriqueña.   Hoy han jugado un papel legitimador de las políticas públicas  que provocan y estimulan el desplazamiento urbano, la dependencia económica y la perpetuación de la pobreza en la comunidad puertorriqueña.   Por sus frutos los conoceréis y para muestra un botón basta: la comunidad puertorriqueña en Nueva York es la más pobre. 
Para mi sorpresa mi comentario fue quitado por los administradores de la página del NY se opone al gasoducto.   Esto provocó muchas reflexiones  en relación a las luchas que enfrentamos como una comunidad boricua exiliada.   Analizar a la luz de este suceso puede servir de partida para una profunda  reflexión de la situación colonial de Puerto Rico.   Porque la realidad es que esta comunidad exiliada que por varias generaciones históricamente se ha establecido en diferentes partes de los EEUU y principalmente en Nueva York es el resultado del colonialismo.  Estas generaciones de boricuas han crecido a la sombra del colonialismo y el racismo e influencian los procesos sociales políticos en los EEUU y en la isla.  
Los grupos organizados en Nueva York en la lucha en oposición del gasoducto  lo han hecho en militancia y con urgencia.  Parte del contexto para estas acciones de los grupos de Nueva York  es el de reafirmar el sentido de conexión y pertenencia que la comunidad de la diáspora boricua tiene con su matria-patria.  Esto no es nuevo y se ha dado consistentemente en muchas luchas que se han asumido en la comunidad boricua en Nueva York.   Un buen ejemplo fue la lucha contra la marina en Vieques.  Este esfuerzo generó una ola de solidaridad y trabajo de miles de individuos y muchas organizaciones en apoyo a la resistencia de Vieques.  Y esto ciertamente es fundamental  ya que la existencia de la diáspora boricua está dada por unas políticas migratorias establecidas por el gobierno colonial en Puerto Rico.  Estas políticas migratorias fueron diseñadas para proveer un mecanismo de escape social en una isla empobrecida  que los gobiernos coloniales achacaban a la “limitaciones” de las capacidades civilizatorias de los puertorriqueños.   Argumentaban los administradores coloniales que los boricuas estaban afectados por la “ herencia de la colonización española y el alto índice de mestizaje con los negros”.   En su arrogancia racista-imperial los gringos  afirmaban que estas condiciones eran los obstáculos a la misión de modernización estadunidense en la isla.   Se forzó la migración de los puertorriqueños pero está debía estar domesticada de manera que no se convirtiera en una indetenible y masiva.  Así que la migración se hizo creando  condiciones perpetuadoras de pobreza y explotación.  Se sentaron las bases para provocar la dislocación cultural y social de los puertorriqueños.  Esta dislocación fue y es la herramienta de división y desarticulación entre ambas comunidades, regando semillas de xenofobia, desconexión y disidencia que evitara la posible creación de alianzas entre la diáspora y los que se quedaban allá en el archipiélago boricua.  Era necesario dividir la nación para continuar la explotación social y económica del país.  Esta fue y es la zapata de separación entre los  boricuas a ambos lados de la orilla, división necesaria para evitar que se retaran y resurgieran las fuerzas que reclamaban la justicia social y económica de la colonia y que esto desembocara en una nueva ola de procesos políticos que culminaran con la exigencia de la descolonización e independencia.  
Las acciones coloniales que se implementaron en Puerto Rico se dieron en dos escenarios principales,  uno reprimir por un lado a los boricuas que se quedaban en la isla  y dos a los  boricuas que migraban había que mantenerlos  en su lugar.  La diáspora fue sujeta a condiciones de trabajo y explotación en las comunidades donde se les permitió  establecerse.  Estos boricuas fueron brutalmente  oprimidos, desnudados de sus raíces culturales, fomentando un desgarramiento cultural del emigrado.    Se hizo claro el desprecio y la condición de “inferioridad” que inspiraban  y se repetía abiertamente lo que  creían y creen  los dueños del poder en los EEUU contra los puertorriqueños que son una “masa ignorante y dependiente incapaz de civilización. “
          Era fundamental crear una “subclase marginada” sin ninguna medida de asistencia económica  destinada como mano de obra barata en granjas diseñadas como campos de concentración o a las fábricas, al chiripeo, al subempleo como parte del ejército de reserva de mano de obra necesario para engrasar de las ruedas de producción económica estadounidense.   La esclavitud económica como herramienta de persuasión para evitar la migración descontrolada. 
          Ahora, las comunidades  puertorriqueñas se organizaron para sobrevivir, para  palear las condiciones adversas que enfrentaban en los EEUU.   Armados por un sentido comunitario y solidario los boricuas resistieron, reprodujeron  procesos colectivos comunitarios para poder amortiguar los impactos de las condiciones de represión desatadas,  segregación racial y económica, condenación de la identidad nacional cultural de los boricuas forzados a salir de su tierra.  Principalmente, las generaciones que sucedieron esas primeros asentamientos boricuas que en reacciones organizadas y otras espontaneas surgen como voces de resistencia y de trasformación en las ciudades de los EEUU.   Estos puertorriqueños  crearon una lucha militante y tenaz por sus derechos y en la larga y dolorosa historia de división del intento de  genocidio de la nación boricua.  Ante los retos que estas luchas representaban a la mitología de la igualdad y la oportunidad, las clases aristocráticas,  desataron una mayor represión y persecución en los focos de las comunidades boricuas en resistencia, Chicago y Nueva York.   Las estructuras represivas  promovieron y patrocinaron el tráfico de drogas y de armas en estas comunidades (de la misma manera que lo hacen en Puerto Rico) sentando las bases para una genocídica violencia social.   Paralelamente comenzaron a crear cuadros de “líderes” amortiguadores que alcanzaban prominencias sociales y políticas.   Estos llamados líderes servían de “evidencia’’  de como la no radicalización de las demandas eran las que servían para echar adelante la comunidad, para alcanzar el éxito individual y detener los procesos de movimientos y demandas colectivas de nuestra comunidad.    
Con contadas excepciones, de aquí surge una claque política, especialmente la neoyorquina,  que se ha erigido para servirse de la pobreza, del desamparo de la clase trabajadora puertorriqueña en Nueva York.  Una claque política que ha creado en los confines de la ciudad una casta que se ha perpetuado en los corredores  políticos aliándose con los poderes establecidos como barreras de la lucha radical comunitaria.  Porque la verdad linda y lironda es que la comunidad puertorriqueña en Nueva York (y en otras ciudades de los EEUU) se levantó en un proceso social-político que amenazaba las estructuras políticas  de la ciudad y retaban estructuras y relaciones de poder socio económico promoviendo la autogestión, el empoderamiento comunitario, el revivir y reencontrarse con la visión comunitaria colectiva que es la esencia de la nacionalidad boricua.   Era por lo tanto necesario poner un alto a estos procesos de lucha radical política.   Por un lado con la represión de los sectores más avanzados de la comunidad en lucha y con la creación de los cipayos falderos del sistema que promueven las verdades del “determinismo” biológico estadounidense y que servirían y sirven como el opio de los pueblos, enajenadores activos en pro de las aristocracias económicas y legales en Nueva York. 
Y es aquí donde encontramos la raíz de la contradicción que señalaba en mi comentario del video sobre el apoyo de esta a la lucha contra el gasoducto.  La mayoría de estos funcionarios se han atornillado en sus parcelas de poder político.  Usando prácticas de gendarmería política, que les permite auparse y perpetuarse en estos puestos  han servido como piezas del status quo para detener las posibilidades de que emerjan y triunfen retos al sistema socio-político dominante.  Estos políticos y políticas se han convertido en dinastías de sucesión familiares y que han erigido para bloquear  y descarrilar  desde adentro, combinado con los errores de los propios procesos comunitarios,  las luchas comunitarias colectivas.   Proyectan opiniones progresistas en aquellos temas que de verdad no afectan de manera alguna su permanencia en el poder.  Estas posturas se ven bonitas y ayudan a resaltar su pedigrí como puertorriqueños.   Ahora si analizamos cuidadosamente es claro que juegan la función de cómplices de las fuerzas corporativas que explotan y perpetuán la pobreza y la desigualdad en las comunidades puertorriqueñas en Nueva York.  Estos vela güiras siempre esperan en la verja hasta que les es seguro poder asumir una opinión sobre un tema.  Ahí podemos ver por ejemplo la lucha contra la cárcel en Hunt’s Point que la comunidad tuvo que emboscarlos públicamente para obligarlos a que se movieran de su inmovilista postura contra la cárcel.  Ahí está los silencios en contra del Yankee Stadium y sus consecuencias dañinas  contra la comunidad.  Ahí podemos ver sus inacciones contra las políticas de “gentrifcación” que cambian el rostro del Bronx conduciendo a un blanqueamiento económico  y creando las condiciones de un vaciamiento de los boricuas de estos vecindarios. 
Creo que es importante que nos planteemos estas contradicciones y el alcance de estos juegos políticos a la luz de las divergencias que surgen en los eventos cotidianos que enfrentan la nación boricua  en el exilio y en la isla.   ¿Cómo estas posturas contribuyen a sostener el sistema colonial?  ¿Cómo los ataques y con ello la complicidad de los testaferros coloniales de origen puertorriqueño,  a un proceso de radicalización comunitaria en los EEUU han servido para dar continuidad a las condiciones coloniales en Puerto Rico y retrasar procesos que podrían servir de catalíticos para la descolonización?   Es imperativo analizar y debatir estas preguntas porque no hacerlo solo sirve para mantener la separación de la nación borinqueña.  Somos un pueblo dividido y el daño por el gasoducto en Puerto Rico afecta a todos los que son parte de esa nación, en Nueva York, en Florida o en la China.  De la misma manera que el desplazamiento urbano de la comunidad puertorriqueña en la urbe neoyorquina afecta a toda la nación boricua estemos donde estemos.   De la misma  manera que los que viven en el archipiélago borincano reciben solidaridad en esa manera hay que ser recíprocos en la solidaridad de vuelta que hay que dar a los que vivimos en los EEUU en sus luchas comunitarias.  ¿Cómo hacer esto si perdemos la oportunidad para tener un dialogo franco de las contradicciones y retos que enfrentamos en esas luchas comunitarias cuando ocurren  situaciones como las descrita en con el comentario de “facebook”?  Es importante intencionalmente crear, revivir, solidificar los fundamentos para un proceso de descolonización que incluya sin dudas, sin limitaciones, toda la nación puertorriqueña y que mejor que hacerlo usando los mecanismos y estrategias de solidaridad que emergen en estas luchas comunitarias.   Claro está,  tiene que darse en un entendimiento  de las complejidades, las dimensiones sociales, históricas que nos han traído como nación dividida en los 113 años del sistema colonial que hemos enfrentado como pueblo.  Es sumamente necesario que nos redescubramos como pueblo, que nos reconozcamos como lo que somos una comunidad diversa, con vivencias variadas mediadas por una historia colonial que ha insistido en dividirnos, en hacernos ver con desconfianza, con desdén, pero somos sin duda parte de un mismo tronco, somos ramas de un mismo árbol que han querido desgajar y estos gajos han creado un árbol  de la misma clase con su propio tronco pero de la misma especie que se une en su raíz y se dan apoyo como los tabonucos que se entrelazan y se dan apoyo en las guindas de las montañas del Yunque.  Hay que mirarnos, hay que abrazarnos, tenemos que profundizar estos lazos de apoyo comunitario pero en un proceso transparente, sin miedos, sin tapujos reconociendo las posibles contradicciones sin perder la perspectiva que en lo esencial tenemos la misma alma vital en la nacionalidad puertorriqueña.  Por último, que es fortalecedor y necesario desyerbar todo aquello que nos drena las energías transformadoras y liberadoras de la comunidad y ocupar y crear los espacios de poder que generen y multipliquen la fuerza generadora y creativa del pueblo organizado y en lucha.  Eso solo puede lograrse denunciando y asumiendo posturas que señalan los dobles juegos, las posturas acomodaticias  y de pleitesía a los poderes que generan y sostienen la desigualdad, la pobreza, la explotación de la clase trabajadora y sus instituciones represivas, la policía, el militarismo, la educación pública colonial, el sistema judicial, el complejo prisión- industrial y sus cipayos políticos que le dan legitimidad  al mismo.
Creo que fue una oportunidad pérdida el no debatir sobre las contradicciones en las actuaciones de esta política que por un lado apoya los planteamientos ambientales de los puertorriqueños en la isla pero por otro se pone al lado de acciones que afectan negativamente el ambiente y la salud de la comunidad boricua en Nueva York a la que debe proteger.   La contradicción es clara y está dada por esa historia de división que hemos vivido como colonia. La pregunta es: ¿Por qué la negativa para analizarlo, el miedo a plantearnos las contradicciones? ¿Por qué no comenzar a crear los espacios para contrarrestar esta idea de que son luchas distintas y  separadas? ¿No es hora de reciprocar las luchas comunitarias de todos los boricuas donde quieran que estemos? Esa es la pregunta y esa es la lucha y en esa lucha el pueblo vive. 

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